sábado, 24 de mayo de 2014

creación de métodos teológicos de Melchor Cano, Francisco de Vitoria y Domingo de Soto - la necesidad de estructuración formal en la teología - MANUEL CALLE REYES

Creo que a Cano le corresponde recoger la herencia teológica de dos grandes: Francisco de Vitoria y Domingo de Soto; así este contribuyó a renovar la teología, teorizando el método y el estilo; porque teniendo a dos cuasi “inventores” de la nueva teología como maestros, Cano se da cuenta que estos no “la justifican teóricamente” frente a otros modelos teológicos, entonces, este busca renovar fundamentado científicamente su método de argumentación con la teoría de los “Loci Teologici”.
Así la estructuración formal de la teología será una necesidad irremediable, porque él se propone construir un nuevo método teológico, y lo interesante es que lo hace señalando los defectos del procedimiento escolástico, y lo hace accediendo directamente a las fuentes originales de Aquino; ya que la cuestión es si la teología es una disciplina “especulativa” o una “práctica-acción”, o ambas cosas a la vez, y esto es complejo porque para Escoto la teología es práctica, mientras que Cano concluye que la teología es especulativa y práctica pero ordenada al conocimiento, porque para Cano la estructuración científica de a teología es tal, ya que toma por hecho que la teología es ciencia, porque trata de un conocimiento cierto e inmutable, por eso, él parte de Aquino no de la explicación teológica especulativa de Pedro Lombardo que seguía de algún modo su maestro Vitoria, así esto ayuda a explicar la teología desde una visión científica en ambientes universitarios, porque, a partir de estos principios que le da la ciencia a la teología, esta podrá alcanzar un conocimiento cierto y seguro con unas conclusiones que tendrá el rango de conocimiento, pasando así de la especulación a un conocimiento basado en un método teológico-científico que va a extraer básicamente de la concepción tomista clásica pero equilibrando el elemento racional (especulativo) con el elemento positivo (fuente bíblica, patrística e históricas).
Así Melchor Cano afirma que la base de la teología son verdades sobrenaturales transmitidas por la Revelación y captadas por la fe, las cuales son elaboradas por el conocimiento natural para formar un cierto sistema científico y es ahí donde Cano quiere satisfacer una necesidad para darle formalidad a la teología: fe (autoritas) y razón (ratio) y estos dos serán las dos fuentes principales del conocimiento teológico.
                                               Capacitando a docentes a nivel nacional

Melchor va a intentar construir su renovación metodológica (fe-razón), que no tiene el mismo peso ni la misma importancia sino la preeminencia de la “autoridad” (fe) frente a la “razón”, eso es la novedad de él a diferencia de las otras ciencias fuera de la teología en su procedimiento, así reivindica la “autoridad”, evitando los “defectos del racionamiento biblista” de su época, haciendo prevalecer que la fe y la razón tienen una relación mutua.

Concluyo diciendo que Melchor Cano critica aquella postura que pretende hacer teología solo a base de las escrituras excluyendo lo racional (sentencias de Pedro Lombardo). Él establece de un modo sistemático y bien fundamentado el método propio de la teología, así está convencido nuestro autor de la necesidad de teorizar explícitamente el método en sí, mostrando así su agudeza dando una sistematización de los “loci” surgiendo así un gran sistematizador científico de los “loci theologici” siguiendo la orientación teológica de fondo de Aquino y Vitoria.

viernes, 23 de mayo de 2014

polémica entre Bartolomè de Las Casas y Sepúlveda y sus consecuencias en el Perú Colonial - Justificación de la esclavitud a partir de la ley natural - MANUEL CALLE REYES

Si se adhiere uno a la convicción religiosa muy común en esa época, según la cual la esclavitud era considerada como una consecuencia necesaria del “pecado original”.
Se puede justificar ante la necesidad de impedir, incluso por la fuerza, el canibalismo y otras conductas antinaturales que practicaban los indígenas, según algunas culturas precolombinas, además, la obligación de salvar a las futuras víctimas inocentes que serían sacrificadas por sus “falsos dioses”. En ese aspecto se puede justificar la esclavitud.
Adjuntándome al argumento de Sepulveda,

                                Con mi Maestro Cleber Dos Santos                                                (filosofo-teólogo) Brasil

                                                 Capacitando a Docentes a nivel nacional
donde explica que el indio no era intrínsecamente malo, sino que, lo que lo pervirtió fue su “cultura”, por ende, la barbarie se autoriza por sí misma para la concretización de una Conquista, y esta tiene una, según el contexto, una connotación “moral”, porque los indígenas no viven conforme a la razón natural.
Además el fin de la conquista es la “civilización” y el bien de los autóctonos, ya que, con las leyes justas y conforme a la “ley natural”, pues este (conquista) los insertaba a una vida mejor, pero si los indios se rehusaban, estos deben ser obligados por las armas y esta guerra sería justa en virtud del “derecho natural”.
Con respecto a los pecados contra la Ley Natural, Sepúlveda se basó en que los indios ofrecían “sacrificios humanos” en gran escala y nùmero a sus falsos dioses, entonces, estos están quebrantando “la ley natural”, no porque en ella se cometan esos pecados, sino porque esos pecados son “aprobados” y “no los castigan” con “sus leyes” ni siquiera por “sus costumbres”, es más quiero añadir, ni siquiera lo “penaban”; por tanto, si estos observaban la ley natural, los cristianos tenían el pleno derecho de someterlos para destruir a esa nefasta mentalidad inhumana.
Además a todos los hombres les está mandado por la “ley divina” y la “ley natural”, el defender de ser matados cruelmente con una muerte indigna a todos los “inocentes”.
Con lo escrito puedo afirmar que sí se puede justificar la esclavitud bajo la ley natural, aunque Sepúlveda calificó al indio como que este no poseía “ciencia”, “iletrado”, carente de propiedad privada; pero estos son connotaciones “morales” de la época, ya que estos podían ser civilizados, como se ha demostrado en el transcurrir de la historia.
Por otro lado, el “descubrimiento” no da para nada ningún derecho porque no son “tierras vacantes” sino con “dueños legítimos” y constituidos por milenios. Además imputar a los indígenas con los pecados de “idolatría y antropofagia”, no justifica que se les esclavice, en primer lugar, porque “no todos los indios” son “caníbales, además los pecados “no nos privan de nuestro derecho de propiedad” y del “derecho a gobernarnos como nuestros propios jefes”, como era el caso de los indígenas. Además ese argumento se le puede destruir fácilmente porque  “los pecados”  pueden desaparecer con  o mediante la predicación de la fe.
Tampoco se puede alegar a un pretendido “don especial de Dios a los Reyes Católicos” (del mismo modo que Dios había entregado “la Tierra Prometida a los judíos”). Iría en contra del Derecho natural que reconoce “el derecho de todo pueblo a dotarse de autoridades propias”. Antes bien, por Derecho natural todo pueblo tiene derecho a elegir a sus gobernantes. Además, se debilita así,  lo dicho por Sepúlveda, porque tener gobernantes es “una exigencia del Derecho natural”. Finalmente, cualquier otro poder no basado en el consentimiento es tiránico y podría ser resistido por el pueblo, esto se manifestó muy bien en las rebeliones indígenas, estos “pensaban” y se daban cuenta evidentemente que se estaba cometiendo un atropello bajo un argumento desde un inicio “errado” al calificarlos de “sobrehumanos” calificados para ser esclavizados.

"SOY UN FILOSOFO QUE LES QUIERO REGALAR MI HOY, PORQUE SI SOLO SOY YO, ENTONCES, YO NO SOY" macarè

ENTREVISTA A MANUEL CALLE REYES - GANADOR DEL 3 PUESTO DEL EXAMEN NACIONAL DE CC.SS -DEL CONSORCIO DE COLEGIOS CATOLICOS 2014



sábado, 15 de marzo de 2014

CONVERSIÓN DE VÍCTOR ANDRES BELAUNDE Y DE JOSE DE LA RIVA-AGUERO - PERUANOS ILUSTRES

En este año de la fe bueno es rescatar del olvido a dos grandes testigos del catolicismo peruano. La bimilenaria marcha de la Iglesia en la historia ha fecundado al mundo de bienes imperecederos.  Desde el momento en que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, la historia se estremeció  de gozo y prorrumpió de alegría: "Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad". Es lo que celebraremos en el Jubileo del 2000. Por singular inspiración de lo alto, el año 1999 está dedicado a recordar y vivir la gozosa realidad de que somos hijos de un Dios Padre  Misericordioso que es al mismo tierna madre. La iglesia vive un año de intensa oración impetrando que cuantos se han apartado de la familia de Dios, vuelvan al Padre. Convertirse es enamorarse nuevamente de Dios, es volver al Hogar. El segundo prefacio de la liturgia de Cuaresma nos ayuda  a orar por esta bella intención:  "Porque has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, se entreguen a las realidades temporales como a primicias de las realidades eternas ".
Ha habido conversiones espectaculares como la del premio Nobel de Medicina, Alexis Carrel, al comprobar un milagro en Lourdes, o la de Edith Stein, judía atea, carmelita mártir, canonzada por el Papa Juan Pablo II y nombrada copatrona de Europa. Más cercanos, el caso de los  periodistas Malcolm Muggeridge o Vittorio  Messori, el de la comunista Tatiana Goritcheva, del "rey del aborto" Bernard  Nathanson.
Recordemos, sin embargo, algunas más cercanas todavía, ya que se trata de dos célebres catedráticos de nuestra Universidad Católica: José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaunde.

Víctor Andrés Belaunde (1883-1966) retornará a la fe -abandonada por los años de su docencia en San Marcos- en 1923, de la mano de la filosofía y de su  segunda esposa Teresa Moreyra. Nos lo narra en dos capítulos ("Hacia la fe por la filosofía" y "Mi conversión al cristianismo") de sus Memorias. Trayectoria y Destino Ediventas, Lima, 1967, II, pp.501-508, 1024-1035.

            "Se vuelve siempre a los primeros amores" dice un adagio francés. En la quieta y hogareña vida provinciana de los Estados Unidos o en el París sin tentaciones de inútil mundanismo reanudé, por gravitación natural de mi espíritu, mis viejos soliloquios metafísicos. De la divinidad de Cristo, a la que me llevaron misteriosamente combinadas las lecturas de Pascal y de Renán, pasé a la gozosa contemplación y a la plena vivencia de la Fe en la Iglesia Católica. Mi conversión debía determinar una nueva orientación en mis lecturas y meditaciones en el tiempo libre que me dejaban los cursos y conferencias. Se imponía reanudar las remotas preocupaciones de mi infancia sobre los fundamentos de mi fe...Andando de los tiempos uní la liturgia a la nostalgia que llevasiempre una ansia de Dios. Era la liturgia para mí hallar entre huellas terrestres y símbolos de l vida, el aliento del Espíritu...No puedo concluir esta estapa de mi vida sin expresar mi gratitud a la Francia eterna. De labios de un misionero francés recibí lecciones y ejemplos inolvidables de amor a Dios. Mi conversión fue favorecida y alentada por el ambiente católico renaciente en Francia. Al volver al Perú encontraría mi hogar intelectual en el claustro animado por el fervor de caridad y de saber de otro misionero francés: el Padre Jorge Dinthilhac".

José de la  Riva Agüero (1885-1944) profesará durante un tiempo ideas teístas racionalistas. hasta el propio Miguel de Unamuno,  quien se proclamó "hereje de todas las herejías", llega a aconsejarle  en carta personal (10-I-1910): "Lo que me dice de sus preocupaciones religiosas me recuerda mis 25 años. También yo pasé por un período de positivismo, mejor aún de fenomenismo. Salí de ello por impulsos de sentimiento...Los estudios históricos le darán a usted una fe, confío en ello".. Tras una juventud a la deriva en cuanto a fe católica se refiere, vuelve a la Iglesia, como confesó en el célebre discurso del colegio de La Recoleta (24 de septiembre de 1932) Obras completas de José de la Riva-Agüero Tomo X, PUCP, Lima 1979, pp.181-187): 
             "Así he reconquistado la armonía y la paz, así he cerrado con firmeza mi ciclo de experiencias cogitativas: la vida tiene un fin por encima de la mezquina utilidad, el esfuerzo y el dolor se esclarecen y santifican, la libertad moral se reafirma, y la inteligencia recobra su ley primordial y su objetivo perenne...Convertido ocomo mis paisanos Olavide y Vidaurre, desangrado como ellos de la perturbadora herencia del siglo XVIII, que a todos nos perdió, reanudando la interrumpida solidaridad salvadora con nuestros auténticos precursores en el espíritu y el tiempo, puedo al fin repetir sinceramente las palabras de quien acertó, en aquella inquieta y estragada época, prefiguración de la tempestuosa nuestra, a ser el servidor leal de su Dios, de su tradición y de su pueblo; y decir de mí como Jovellanos:

                        Sumiso y fiel, la religión augusta
                        de nuestros padres y su culto santo
                        sin ficción profesé".
No nos extraña posteriormente su coherencia, renunciando al ministerio de Justicia antes de firmar una ley prodivorcista y la condecoración recibida por la Santa Sede (Pío XI) "como gallardón a las virtudes cristianas ycívic as que adornan a nuestro ilustre compatriota" (El Amigo del Clero n.1333, enero 1933). El Señor Arzobispo hizo notar que "la ceremonia e verificaba en la misma casa donde vivió santo Toribio, cuyo parentesco con el Dr. Riva Agüero era de todos conocido" p.81
            Se trata de dos intelectuales de nuestro tiempo. Los dos católicos, los dos perdieron la fe, los dos la encontraron, los dos la proyectaron de modo sobresaliente en el ámbito universitario, los dos la vivieron con gozo y con el deseo de llevarla a los demás.  Ellos podían haber contestado con Chesterton: "Cuando me preguntan por qué he entrado en la Iglesia Católica, mi respuesta es siempre la misma: para librarme de mis pecados, porque no hay otra religión que tenga de verdad el poder de perdonar los pecados de los hombres... Un católico que se confiese entra en la clara mañana de su bautismo".
Bibliografía: Pacheco, César Apuntes: "Unamuno y Riva-Agüero: un diálogo desconocido"Revista de ciencias sociales, Rev.56. , Lima, 1977, 7, p. 101-16

extraido de mi Maestro el Dr. Jose Antonio Benito
http://jabenito.blogspot.com/2013/11/la-conversion-de-victor-andres-belaunde.html

lunes, 17 de febrero de 2014

ENSAYO: LA RECONSTRUCCION DE LA IDEA DEL MAL A PARTIR DE SAN AGUSTÌN FRENTE A MAX SCHELER Y XAVIER ZUBIRI - AUTOR: MANUEL CALLE REYES

Por Manuel Calle Reyes
                                            Convento de Sto Domingo - Lima - Perù
I.              Introducción
En el presente ensayo intentare hacer un análisis teniendo como punto de partida El libre albedrío de San Agustín sobre el problema del mal. Considero que el problema del mal constituye una de las cuestiones claves de la filosofía, así como la solución que determinó S. Agustín, al lograr transformar al “mal” un carácter realista. A teoría de este gran autor, donde nos define el mal como una falta de bien, un “no ser”; ante la pregunta ¿Quién hace el mal? Este le puso nombre y apellido, el autor del mal: el mismo hombre, así introduce un nuevo concepto: el libre albedrio, donde gráfica de manera verdaderamente excepcional la lucha entre las pasiones y el alma. Entonces creo que el gran aporte de San Agustín en el tópico del mal fue traerlo a la “realidad”, dándole un componente humano que permitiera comprenderlo de mejor manera. Luego, la tematización de este problema si bien no fue su objeto de estudio en Max Scheler, quiero proponer una atención especial, solo tangencialmente, cuando este establece el “criterio de lo bueno como ordo amoris”, donde se refiere a “lo malo” como transgresión de dicho de dicho orden. Ya que este desea inaugurar una nueva etapa en la ética. Finalmente, abordare el problema del mal en mi filosofo favorito: Xavier Zubiri, quien bebe de las fuentes tanto de la fenomenología como de San Agustín, le otorgará una consideración especial al problema del mal, por tanto, no puedo llegar a Zubiri, si no paso primero por Scheler.

II.            El criterio de “lo bueno” en Max Scheler frente a San Agustín
Scheler trató brevemente el problema del origen del mal moral y del mal físico. Con este fin partió de la noción de la creación divina del mundo típicamente agustiniano, admitiendo la “caída” como verdad de la razón, solo así explicaría que el mundo real conocido sea mucho peor que lo correspondiente a su fundamento. Scheler con su base en la doctrina del hijo de Santa Mónica, dice que no se conoce a Dios como espíritu in lumine mundi sino al mundo in lumine Dei. En consecuencia, no después del conocimiento de la existencia y la constitución del mundo se infiere la existencia y la esencia de Dios, sino que solo después de “un conocimiento independiente” de la existencia y de la esencia de Dios respecto al mundo se concluye que Dios es la prima causa del mundo.
Así Scheler se planteó la relación entre el “mundo real”, conocido a posteriori, y el mundo que tenemos que “esperar” como creación de un Dios todo amor y bondad. Admitiendo que el mundo que cabe esperar no puede ser otro que uno “perfectamente bueno y lleno de sentido”, y de que en el mundo conocido se halla la imperfección y la maldad, así este autor llega la conclusión de que la mejor explicación consiste en pensar que el mundo ha ido a parar, por una causa libre espiritual, a una constitución “distinta” de la que se encontraba cuando salió de las manos de Dios. Así es como acepta la doctrina cristiana de la “caída” como una verdadera metafísica o verdad de la razón inseparable del teísmo.
El mal solo puede ser originariamente predicado de actos libres espirituales realizados en rebeldía contra una realidad concebida como buena. Así que el mal es originariamente “mal moral” y que a partir del principio de que el mal físico del mundo se funda en un poder concentrado del mal, que solo puede ser atributo esencial de una persona, pero claro está, no pueden hacerse depender únicamente en el hombre los males el mundo, ni naturalmente, pueden radicar en el fundamento mismo del mundo. Esto es una metafísica intermedia como lo dice Scheler, todo es en virtud de una rebelión libre contra Dios por una persona que tiene poder sobre el mundo con carácter previo a la maldad humana y que ha generado una tendencia de lo superior a lo inferior.
Así este admite que el mal cósmico es un constituyente necesario del mundo conocido mediante experiencia, junto con el bien cósmico con el que se encuentra entrelazado, en virtud de una causalidad evidente según las leyes naturales que produce la impresión de una inevitabilidad de conflicto trágico. Entonces, este considera, que “es” también una verdad metafísica (no solo una verdad de la “revelación”), la necesidad de redención del mundo y del hombre “caído”, en primer término por un acto voluntario de Dios. El hombre  solo puede alcanzar la salvación mediante la redención, esto es, mediante la imprescindible ayuda divina.
La “caída” es una verdad de orden metafísico, una tendencia que existe siempre y en todas partes del ser y el acontecer del mundo. Un mundo abandonado a sí mismo disminuiría constantemente en valor positivo, en la medida en que estuviera abandonado a sí mismo.
Así, Scheler hace referencia a San Agustín, para afirmar que la tendencia inmanente del mundo real a la caída incluye naturalmente, al propio hombre. De modo que un mundo abandonado a sus fuerzas estaría condenado a caer en “la nada”, así la doctrina de la “gracia” agustiniana se muestra implícitamente, porque hay necesidad de redención a través de una “fuerza elevadora” que ayude al hombre a levantarse en su constante caída.
Ahora bien, la voluntad, como facultad de autodeterminación, de donde arranca el pecado, es en sí  misma considerada un bien, aunque ontológicamente el mal no es, la voluntad sí es, por tanto, actúa positivamente determinándose hacia el bien como hacia el mal. El mal moral implica que el hombre subvierte el correcto orden de lo que debe ser amado y antepone lo efímero y temporal a lo eterno, supone el abandono de lo mejor, mas no es tato “el apetito de naturaleza mala”, sino el abandono de “las mejores”: iniquitas est desertio meliorum.

III.           El problema del mal en Xavier Zubiri frente a lo propuesto por San Agustín
En este marco, antes expuesto, Zubiri sitúa el problema del mal. El discernimiento de los bienes y los males solo tiene sentido en contexto de la búsqueda y consecución de la felicidad del hombre, así Zubiri objeta a San Agustín que no hubiese negado absolutamente la existencia del mal físico. Xavier entendió que la enfermedad no debe concebirse como un “mal físico”, sino como una “deformidad” que amputa unas posibilidades que normalmente competen. Ejemplo: una dolencia, como mal físico, sería una fuente de propiedades apropiadas que no supondrían necesariamente una amputación de la felicidad del hombre. Así que el bien o el mal físicamente considerado seria asumible por el bien o el mal moral, como fuente de posibilidades positivas o negativas en orden a la felicidad del hombre.
Respecto al mal moral, donde Agustín lo concibe como una “voluntad desordenada”, el español observó que las cuestiones acerca del carácter puramente negativo del mal moral serian insolubles. Por eso construyó su propia teoría acerca del problema del mal, sin prejuicio de aceptar ciertos principios agustinianos.
Zubiri se separó en un principio de la doctrina agustiniana del “mal como privación”, al sostener que el problema del bien y mal era un problema de “realidades”, ya que se tiene como fundamento y término objetivo la realidad, así que desecha la doctrina de Agustín sobre la privación como adecuada explicación del mal. Este plantea partiendo desde Scheler, por tal razón era necesario explicar a ese autor, ¿pueden categorizarse el bien y el mal como valores?, Zubiri cree que la posición de Scheler de considerar el valor no solo irreducible a la realidad sino incluso independiente de ella, es  ”un error”, porque no puede reducirse eso problemas a un problema de “valores”, sino de “realidades”.
La realidad, seria condición necesaria pero no suficiente para que haya valor, además el valor de una cosa se ausenta en las propiedades reales de la misma, por tal razón Zubiri afirma que el valor no es solo un valor “en la cosa”, sino una valor “de la cosa”, es decir hablamos de una “realidad valiosa”. Ejemplo: la luz serena. lo que tenemos presente y sobre lo que formalmente recae el acto de “estimación”, no es lo sereno en la luz sino la “luz serena”. No aprehendemos lo sereno junto a lo luminoso sino “lo sereno de la luz”. Entonces el problema del bien y del mal no es un problema de valores, sino de “condiciones de lo real”: hay realidades de las que se puede afirmar realmente que son de buena o de mala condición. La dicotomía entre el bien y el mal no es un problema de valores y tampoco es un problema  de la realidad considerada como “nuda realidad”, sino que es “un problema de la condición de lo real”. El bien y el mal tampoco deberían de ser reducidos a términos como “positivo” o “negativo”, ya que dichos términos son puramente convencionales, como repito, el problema es la condición misma de lo real.
Todo bien y mal lo es para alguien, pero ese “para” no debe interpretarse como relatividad (perdería toda objetividad la cuestión), sino como “respectividad” (término acuñado por Zubiri), entonces, el bien y el mal son siempre “respectivos a un alguien”. Respectividad: se trata de la realidad constitutiva de las cosas reales, “que son lo que son en función de las demás”, de modo que la respectividad no se distingue de la realidad sino que se “identifica con ella”. Además es necesario explicar el concepto zubiriano de “condición”, hay de 2 tipos: la respectividad de “mera actualización” (es la propia de las cosas consideradas en su nuda realidad o “cosas-realidad”) y el segundo tipo, la respectividad de “sentido” (es el de las “cosas-sentido”, que se encentra en relación con los actos vitales que el hombre ejecuta en ellas). Ambos tipos, no son independientes, sino que las cosas-sentido lo son con base en las propiedades de su nuda realidad, por ese motivo, la aprehensión de las cosas en su nuda realidad sería anterior a la de las cosas-sentido. Entonces, la condición es la capacidad de la realidad para quedar constituida en sentidos, por tanto, solo respecto del hombre puede haber “condición”, porque solo respecto del hombre puede haber “sentido”. El animal no aprehende cosas-sentido, sino solo estímulos, que pueden ser molestos, dañinos. Para el animal no hay bien ni mal, porque para que se den estos se requiere que las cosas se presente como realidades y para el animal solo son estímulos. Solo el hombre es capaz de aprehender un sentido, porque en él hay condición y por extensión, bien y mal en cuanto cualidades de la condición real de la cosas. Aquí Zubiri hace una radical diferencia con San Agustín de que el mal queda constituido como realidad, pero se acerca al autor africano que le problema del bien y mal, es ante todo un problema moral. Zubiri defiende como San Agustín desterrando el “dualismo maniqueo”, que el mal no es una sustancia, es decir, no es una propiedad real de las cosas sino una condición real de las cosas. El mal es una realidad de condición, no obstante, no toda condición conlleva necesariamente una referencia al bien y al mal, es decir, que no sean buenas ni malas por sí mismas, porque lo que entiendo del autor español, es que él considera “bien de las cosas” es la conformidad de una cosa-sentido con la condición buena del hombre, es decir, con la plenitud de su intrínseca sustantividad.
Hasta aquí deseo llegar a una primera conclusión de todo mi itinerario analítico. Zubiri había citado expresamente a Agustín para desechar su doctrina de la privación en tanto negaba realidad la mal, una vez afirmada la realidad de este, el español va a sumir expresamente la tesis del mal como privación en cierto sentido. Y esto es importante porque la “disconformidad con la condición buena” no se identifica con una mera deformidad, consiste en la privación de un bien, en cuanto implica la promoción de la disconformidad, o sea el mal no es una cosa sino un defecto de la cosa, es lo que quiere decir Zubiri, por eso la causalidad del mal no es efectiva, sino defectiva: el mal no causa cosas malas sino que el hombre hace las cosas mal. Y ahí creo que Zubiri coincide con Agustín, solo que mediante una resolución distinta, el bien no presupone mal, no lo necesita de ningún modo.
La reconstrucción de la idea del mal, a partir de la doctrina de San Agustín y frente a la teoría del valor de Scheler, creo que se completa con el análisis que realiza Zubiri de los diferentes tipos de mal aclarando el concepto del mal como mala condición de la realidad y en relación con el hombre. Para finiquitar este análisis, voy a clasificar los tipos de mal, según Zubiri para aclarar aún más mi ensayo.
El maleficio, es aquello que promueve la disconformidad, la no armonía de la sustantividad del hombre en el orden psicobiològico. Privarse de un perfecto estado de salud.
La malicia, màs allá de una dimensión psicobiològica, el hombre posee inteligencia y voluntad, no solo como caracteres psíquicos, sino con un carácter intencional, es decir se abre a otras cosas distintas, porque la sustantividad del hombre no es solo psicobiologìa sino es de orden intencional “lo que hago de mí”, es la realidad querida, lo que se quiere hacer y lo que se quiere ser, es decir, llego a ser aquello que quiero: querer un acto de generosidad me hace generoso, a la inversa, un acto de mezquindad me hace mezquino, entonces la malicia se concibe como una “realidad moral de la propia volición”, esto es novedoso; ya que volición es una determinación intencional, así la malicia se caracteriza por se la condición intrínseca de la mala volición, el hombre se da a sì mismo su propia condición poniendo en juego su propia libertad, por tanto, la esencia de todo acto de malicia es la soberbia de la voluntad de quererse por encima del bien moral.
La malignidad, es una incitación, es el poder del mal como inspiración en otra voluntad para que sea ella misma maliciosa, entonces la malignidad es doblemente maliciosa, porque hay voluntad y produce en la voluntad del otro.
La maldad, esta constituido por el poder del mal, que no solo se ha instaurada con la malicia sino que ha inspirado a la malicia, se ha convertido en principio objetivo del mundo.
Así Zubiri siguiendo los pasos de Agustín quiere dar una respuesta satisfactoria, según mi entender, a los cristianos para decirles que el mal es un problema de realidades, así aclara el malentendido generalizado del “relativismo moral” que dice que lo que es malo para uno para otro puede ser bien, ya que esto presupone una “estrechez de miramiento” y una “confusión de planos” al no distinguir, como sì lo hace Zubiri, el plano moral del plano psicobiològico.
Así descarto también la autoría de Dios como causa directa del mal ¿Qué razón de ser tiene el mal?, y aquí se debe distinguir como dice Zubiri: una razón biográfica y una razón histórica del mal. La primera tratándose del maleficio, no es otra que patentizar al hombre que la plenitud de su sustantividad no se agota en una dimensión física y psicobiològica, sino que se realiza en un nivel superior de orden moral. El maleficio es así fuente de un bien mayor. La conciencia humana de que su sustantividad no es solo física y psicobiològica, sino eminentemente moral y esto supone la razón de ser de la malicia: “el descubrimiento de la superioridad del poder del bien sobre el poder del mal, incluso cuando este se ha instalado en el hombre.

Bibliografía
·         San Agustín (1982). Obras Filosóficas III. Quinta edición. Editorial: B.A.C. Madrid. 215-338 páginas.
·         Gilson, E. (1981). El espíritu de la filosofía medieval. Editorial Rialp. Madrid. 119-131 páginas.
·         Scheler, M. (1940). De lo eterno en el hombre. Revista de occidente. 1ra. edición. Madrid.  74-172 páginas.
·         Zubiri, X. (1986). Sobre el hombre. Editorial Alianza. Madrid. 395-396 páginas.
·         Zubiri, X. (1992). Sobre el sentimiento y la volición. Editorial Alianza. Madrid. 203-297 páginas.


Por MANUEL CALLE REYES.